Tu texto también es perfecto
Cada maestrillo tiene su librillo, y cada escritor su adicción. Algunos son inseparables de su viejo sillón Chester de piel desgastada -nosotras seríamos uno de ellos, si lo tuviéramos-. Allí consumen hojas y hojas de papel escritas a mano; una letra tras otra esculpida con pluma. Nos imaginamos a Arthur Conan Doyle con su Parker Duofold dando vida a Sherlock Holmes; el mismo que dijo aquello de “el amor por los libros es uno de los regalos más selectos de los dioses”. Otros hacen bailar palabras bajo el humo de su cigarrillo o de puro habanero Cohiba como si fuera este su fábrica de inspiración; rodeados de montañas de periódicos y cierto desorden alrededor. Que se lo dijeran a Margarita Landi. Cómo le gustaba fumar en pipa mientras desmontaba las versiones oficiales de las autoridades. Un ícono del periodismo de sucesos, armada con pistola.
A muchos les gusta escribir en un lugar especial, siempre el mismo, siempre de la misma forma: en la casa del campo, en el salón frente al ventanal; o en la soledad de una habitación con la simple y tímida luz que dejan pasar por una mísera apertura entre cortinas. Nosotras somos un poco y nada de todo esto. Un poco porque nos encanta la luz tenue que ilumina muy por encima los espacios pequeños, donde las ideas no tienen por donde huir; los rincones en los que nadie se fija. También nos gusta el silencio y a la vez el ruido de alguna canción acorde a tu propia letra; nos gusta el caos que te impulsa y la tranquilidad que te devuelve a tu imaginario sillón Chester. Nos encantan los folios en blanco, aunque ese pueda ser, a priori, el momento más complicado de todos.
Somos esto; y a la vez no somos nada de lo anterior. Nada porque cada escritor, cada periodista, cada escribano es único en su especie. No todos percibimos de igual manera el silencio o el ruido, tampoco el orden o el desorden. No compartimos el mismo hilo musical, aunque sí la música; no vemos lo mismo por la ventana ni escuchamos los mismos ruidos en el piso de abajo. ¿Y todo esto influye? Todo influye. Como en cualquier arte, en la pintura, escultura, música o danza; como también ocurre en la fotografía. La literatura es creación, es moldear una historia de la nada con un estilo y personalidad propio. Cada frase es un pedacito de ti misma/o, que dice mucho de tu propio ser. Escribas de fantasía, de la vida de otro/a, de policías y ladrones o de sucesos reales, tus letras son tuyas; tu forma, tu esencia, tu estilo, tu narrativa, tu responsabilidad. Por eso somos todo y nada de los demás.
¿CÓMO HACER EL TEXTO PERFECTO?
Habría que empezar por saber qué es el texto perfecto y eso sí es complicado y complejo de definir. No hay un texto que no sea perfecto -siempre y cuando sepamos dónde van las h, las b y las v-; cada uno es perfecto en su forma y manera. A nosotras nos gustan los que van un poco más allá, los que se dirigen a alguien, los personales, los que intentan crear una atmósfera cercana entre el texto y quien lo lee. Como dice Carlos del Amor, que tengan “un comienzo que fuera el principio de un todo ahora mismo inalcanzable”.
En las nuevas vicisitudes actuales donde el marketing juega un papel fundamental en muchos de nuestros textos, nos dicen qué tenemos que hacer y qué no; qué es importante, cómo de vital es un gancho y un inicio que capture atenciones, cómo debemos seguir y qué final debemos escribir. Y sí, es cierto que como en todo hay normas y reglas, sobre todo, cuando lo que manda es la biblia del marketing. Qué complicado es eso del copywriting y que difícil conseguir un buen storytelling… ¿Lo es? Tal vez mucho menos de lo que a priori parece, aunque esto también sea un arte.
En Sorti Studio pensamos que un buen texto es simplemente la verdad. Es creer en aquello que vas a escribir y plasmarlo en un folio en el que no debes ver un vacío blanco; sino un lienzo en el que vas a dibujar parte de ti, de tu forma de pensar y de ser; de ver las cosas, de sentir una realidad e, incluso, darle la fantasía con la que tú mismo sueñas. Si esa idea, sea comercial o no, es real, no es forzada, si los dedos simplemente se mueven en un teclado sin pensar que lo están haciendo… Ese texto será perfecto.
No os queremos dar consejos de coach, porque no lo somos; pero sí os vamos a contar alguna cosa que a nosotras nos ayuda a la hora de escribir un texto sin olvidar que esto tampoco es una ciencia perfecta:
Nunca intentamos satisfacer con colores todos los gustos. Nadie ha conseguido tal cosa y, tal vez por eso, tengamos una cultura tan variopinta y, por tanto, enriquecedora que nos da cobertura a todas/os.
Nos olvidamos normalmente de la página en blanco; no es el primer paso. Nuestro primer movimiento es saber qué queremos decir, no cómo ni de qué manera, ni con qué estilo, ni por dónde empezarlo. Simplemente saber qué y ser conscientes de que según escribes, moldeas.
¿Atascarse? Es algo tan normal... Hasta a los mejores escritores y periodistas les pasa; pero no te equivoques. También es algo que ocurre en cualquier sector, a cualquier profesional. En este caso, escribir no puede ser algo cronometrado, ni que tenga un tiempo -o sí, si el resultado nos da lo mismo-; la inspiración viene y va y tal vez ese día, a esa hora no sea el momento.
Disfrutarlo. Los textos hay que disfrutarlos. Los cortos, los largos, los narrativos, los informativos. ¡Da igual el género! Es tu texto, exprímelo.
No hay teoría sin práctica y justo ahora mismo estamos poniendo el mejor ejemplo. Este post tal vez estaba más orientado, en su origen, a hablar sobre copywriting y storytelling, a manejarnos en el marketing y en la comunicación; y ya veis… Hoy nuestro qué era escribir sobre ‘un buen texto’ y, aunque hemos sido fieles al sujeto, lo hemos moldeado de tal manera que nos hemos dejado, simplemente, llevar por lo que en este momento estábamos disfrutando: ser nosotras, un teclado y una pantalla en blanco.
Hoy no era, finalmente, el día del copy...